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Fue el Espíritu Santo quien inspiró a los autores sagrados en la redacción de los textos bíblicos. El Espíritu «le asegura la perenne juventud al texto bíblico» (E.B.), además, sin él no es posible la comprensión completa de la Palabra de Dios allí contenida. Por otra parte, es por su Espíritu que Dios obra en nosotros continuando todos los días su creación; de ahí que esta experiencia auténticamente espiritual de la Lectio Divina lleve el sello del Espíritu Santo.

Con el texto ya elegido y abierto ante nuestros ojos dispongámonos para comenzar el itinerario espiritual de la Lectio Divina suplicando sobre nosotros el Espíritu Santo.

Debemos pedir el Espíritu con la certeza de que somos escuchados, así como nos enseñó Jesús: «Pues si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!» (Lucas 11,13)

La súplica del Espíritu puede realizarse dentro de un espacio de oración más amplio. Por ejemplo, después de haber entonado algún canto sobre la Palabra de Dios, o de una música de fondo, o de recitar en común algunas de las oraciones ya elaboradas para comenzar la Lectio Divina.

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