33 Escuchad otra parábola: «Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, ] construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos. 34 Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. 35 Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon. 36 Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. 37 Por último, les mandó a su hijo diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo”. 38 Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: “Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”. 39 Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. 40 Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?». 41 Le contestan: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo». 42 Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”? 43 Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.
El propietario representa a Dios. La viña es suya, porque suyo es el pueblo de Dios, representado por la viña, como ya era así en la canción de la viña de Is 5, que se lee en la primera lectura. El propietario lleva a cabo cinco acciones en favor de la viña: 1. planta la viña (le dio origen), 2. la rodea con una cerca (protección), 3. cavó en ella un lagar (pensando en la producción del vino), 4. edificó una torre (para vigilancia y almacenamiento), 5. La arrendó a los viñadores: el propietario tiene una gran confianza en los viñadores, pues les ha confiado su bien más precioso. También a nosotros Dios confía sus bienes preciosamente hermosos y hermosamente preciosos: la Iglesia, el evangelio, la vocación, por ejemplo.
El propietario hace todo lo que puede hacer por la viña, pensando en los otros, no en sí mismo; los viñadores reciben la viña, pensando sólo en sí mismos, administran la viña pensando sólo en sí mismos, tratan a los enviados, pensando sólo en sí mismos. El propietario se marchó, abriendo amplio espacio a la libertad, pero los viñadores convierten la libertad vivificadora en libertinaje mortal. El propietario hace todo pensando únicamente en hacer el bien a los otros; los viñadores hacen todo, pensando en hacer el mal a los otros.
El propietario realiza tres envíos in crescendo: envió a sus siervos, luego envió otros siervos en mayor número. Los enviados cosecharon sólo golpes, apedreamientos y muerte. De parte del dueño de la viña: generosidad buena, bondad liberal, liberalidad fecunda, fecundidad vivificadora. De parte de los viñadores: golpes mortales, muerte infame, infamia, ingrata, ingratitud infecunda. No respetaron la magnífica humanidad y la dignidad infinita de los enviados.
El padre propietario, asombrado con tanto irrespeto, no pierde la esperanza y les envía a su propio Hijo, el dueño de la viña, porque legítimo heredero, pensando: “a mi hijo le tendrán respeto” (21,37). Como medida extrema de extremo amor, ya que el amor tiene algo de extremista, les envió lo más precioso, valioso y hermoso que tenía: su propio hijo. El padre, Señor de la viña, ha hecho todo por la viña, ha dado todo por la viña, ha sacrificado todo por la viña. “Qué más puede hacerse por mi viña, que no se lo haya hecho yo? Yo esperaba que diese uvas ¿por qué ha dado agraces?” (Is 5,4). Frente al hijo, Señor de la viña, los viñadores sacaron lo mejor de su maldad. En su rapacidad voraz, voracidad ávida, avidez avara, avaricia mezquina, pronunciaron como primera palabra la muerte: “matémoslo”. Así, los que le debían la vida a la viña y al propietario de la viña, asesinaron al heredero de la viña, destrozando el corazón del propietario de la viña. En su indolencia indiferente, indiferencia insensible, insensibilidad ingrata, ingratitud contumaz llevaron al Señor de la viña a una trágica muerte, cerrando la narración con una tragedia mortal. En efecto, la parábola termina con el verbo matar en 21,39: “lo agarraron y lo llevaron fuera de la viña y lo mataron” (καὶ λαβόντες αὐτὸν ἐξέβαλον ἔξω τοῦ ἀμπελῶνος καὶ ἀπέκτειναν). Donde el propietario de la viña esperaba el rojo vivo del alegre vino, encontró una viña tinta de sangre profética y de sangre divina con color de redención.
Jesús concluye iniciando con una inquietante e importante pregunta: Cuando venga el dueño de la viña ¿Qué hará con aquellos labradores?” (21,40). La audiencia se auto condena respondiendo: “dará una muerte miserable a esos miserables” (21,41). El Maestro de la paz no aprueba la propuesta de la violencia. Por ello, citando el salmo 118, enseña que Dios ha vencido donde parecía vencido, ha triunfado donde parecía fracasado, porque Dios ha dado vida mediante la muerte de su Hijo, pues el Hijo asesinado fuera de la viña, la piedra descartada por los constructores, resucitado de entre los muertos, se ha convertido en la piedra angular, pura obra del Omnipotente y maravilla para nuestros ojos (21,42).
El Hijo resucitado es la piedra angular, fundamento del nuevo templo de Dios, del reino de Dios. La viña, el reino de Dios, el pueblo de Dios le ha sido arrebatado a las autoridades religiosas judías y le ha sido confiada a los nuevos viñadores, los apóstoles y sus sucesores, para que entreguen los frutos a su tiempo (21,43): la comunión participativa y misionera. Nosotros somos los nuevos viñadores y es misión nuestra dar frutos a su tiempo: en efecto, la palabra “frutos” se halla cuatro veces en la narración, siendo una de las más repetidas. También la palabra “viña” se halla cuatro veces en la narración. La viña, el reino de Dios, el pueblo de Dios, la Iglesia de Dios ha sido confiada a nosotros, los discípulos misioneros de Jesús.
María la Virgen Madre, que nos ha donado el Fruto bendito de su vientre, el Hijo asesinado fuera de la viña, pero que, resucitado, se ha convertido en la Piedra angular del pueblo de Dios, nos ayude a trabajar amando y amar trabajando en la viña del Señor.
¿Qué le respondo al Señor que me habla en el texto?Gracias Jesús, por confiarnos la viña de la Iglesia, por esa donación y confianza. Ayúdanos a producir el fruto que tu deseas y buscas en tu viña: la comunión participativa y misionera. Que unidos a ti, Piedra viva, también nosotros seamos piedras vivas que edifiquemos tu Iglesia.
¿Cómo hago propias en mi vida las enseñanzas del texto?
Contempla con los ojos del corazón el rostro de Cristo, piedra descartada, convertida en Piedra angular, el Hijo y Señor de la viña sacrificado por nuestra salvación.
¿A qué me comprometo para demostrar el cambio?
Esta semana, con mi comunidad, haré un discernimiento sobre los frutos que estamos produciendo.
“Si Dios pide el servicio del hombre, es para otorgar sus beneficios a quienes perseveran en su servicio. Dios no necesita de nada, pero el ser humano necesita de la comunión con Dios. En efecto, la gloria de Dios está en perseverar en el servicio a Dios”