Quinto Domingo de Pascua. Ciclo A
“La Palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales”
Sal. 32
Espíritu Santo, ven con fuerza. Espíritu Santo, úngeme con tu delicadeza. Espíritu Santo, lléname con la novedad de la Buena Noticia. Espíritu Santo, impúlsame a llevarte con mi vida donde esté y donde vaya.
Amén.
Jn 14,1-121«No se turben. Crean en Dios y crean también en mí.2En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, a ustedes se lo hubiera dicho, porque voy a prepararles un lugar.3Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar volveré de nuevo y los llevare conmigo, para que donde yo estoy estén también ustedes.4Y a donde yo voy, ustedes ya conocen el camino». 5Tomás le preguntó: «Señor, si no sabemos adónde vas, ¿cómo vamos a conocer el camino?».6Jesús le contesto: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí.7Si me han conocido a mi conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto». 8Felipe le replicó: «Señor, muéstranos al Padre y con eso nos basta».9Jesús le contestó: «Felipe, ¿hace tanto tiempo que estoy con ustedes y todavía no me conoces? El que me ha visto a mí ha visto al Padre, ¿cómo dices: “Muéstranos al Padre”?0¿Acaso no crees que yo estoy en el Padre y él está en mí? Las palabras que les digo no las digo por mi cuenta: el Padre, que vive en mí, es el que hace las obras.1Créanme que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos créanlo por las obras».
Algunas preguntas para una lectura atenta
- ¿Qué les pide Jesús a sus discípulos?
- ¿A qué se refiere Jesús con la “casa del Padre” y cómo nos relaciona Jesús con ella?
- ¿Qué le pregunta Tomás y qué le responde Jesús?
- ¿Qué le pide Felipe y qué le responde Jesús?
- ¿Qué relación tiene Jesús con el Padre?
Mons. Damian Nannini
El contexto del evangelio de hoy es la última cena (13,1-17,26) y en ella Jesús se está despidiendo de sus discípulos pues les habla de su inminente partida (13,33). Además, en este momento les anuncia la traición de Judas (13,21) y las negaciones de Pedro (13,38); lo cual necesariamente tiene que haber turbado el ánimo de sus discípulos. Entonces Jesús sale al cruce de este estado de ánimo de sus discípulos pidiéndoles que no se inquieten, sino que tengan fe/confianza en Dios y en Él
La motivación a la confianza que les ofrece Jesús es que en la casa de su Padre hay muchas moradas, es decir, hay lugar para ellos también. Según X. León Dufour: “El texto evoca una representación corriente en el judaísmo de la época, muy preocupado por el mundo venidero. Se imaginaba el cielo como un conjunto de estancias, a las que algún día llegarían los hombres”.
Y para reforzar esta confianza les añade que va a prepararles un lugar para poder llevarlos con Él.
La casa de su Padre, dónde Jesús irá a "morar" o "permanecer" definitivamente después de su resurrección/glorificación - y a dónde irá a preparar "moradas" o "lugares de permanencia" - es su misma relación con el Padre. En efecto, la morada de Jesús es su relación con el Padre.
Se trata de ir al Padre. Y para llegar al Padre no hay otro camino, ni otra verdad, ni otra vida que Jesús mismo. De las tres expresiones que Jesús se atribuye: ser camino, verdad y vida, la más importante y directa es la de "camino" pues a continuación dice: "nadie va al Padre sino por mí". Que Jesús sea también la "verdad" y la "vida" son precisiones sobre su ser "camino": la “verdad” que nos revela sobre el Padre es la “vida” porque no se trata de un conocimiento meramente intelectual sino de una verdad que puede comunicar la misma vida de Dios, la posibilidad de llegar a ser hijo de Dios (Jn 1,12-13) y tener vida eterna.
Ya en esta vida los discípulos son invitados a "morar" en la relación filial que Jesús tiene con su Padre, que es su morada. Pero para esto hay que creer, tener fe, por eso le responde Jesús a Felipe cuando le pidió que le muestre al Padre: "Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no las hablo por mí mismo: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras” (14,9-11).
El Padre se ha manifestado en Jesús por medio de sus palabras y sus obras. Se trata de creer esto: que Jesús está en el Padre y el Padre está en Jesús. Es decir, “para ver al Padre en el Hijo hay que creer en la unión mutua entre el Padre y el Hijo. Solamente mediante la fe es como se conoce la co-presencia entre Jesús y el Padre”.
En conclusión, la promesa de Jesús a sus discípulos es la de llevarlos a esta morada que es la misma relación filial eterna que Él tiene con su Padre y que les comunicará después de su Pascua. Porque la Pascua de Jesús es su paso al Padre; y allí mismo quiere llevar a todos sus discípulos. Creyendo esto, se disipará toda turbación y temor ante su inminente partida.
Nunca más oportunas que en este momento son las palabras de Jesús al comienzo del evangelio de hoy: “no se turben”, “no se inquieten”, “crean, confíen en Dios y en mí”. Claramente Jesús nos invita a la fe, a la confianza y el abandono en Dios y en Él para vencer la turbación y la angustia que nos provoca la situación actual de pandemia, con su consecuente miedo a la muerte.
Y para fundamentar nuestra confianza afirma que en la casa del Padre hay lugar para todos y que Él irá primero al Padre y que luego nos vendrá a buscar para llevarnos con Él. Esta ha sido y sigue siendo la misión de Jesús: llevarnos al Padre. Como bien nota G. Zevini: “La marcha de Jesús con su muerte y resurrección no tiene más que una finalidad: hacer que cada uno de los discípulos tenga su propio «lugar» como hijo junto al Padre”.
Pero no se trata de un lugar físico ni de algo exclusivamente futuro; sino espiritual y en parte ya presente. Ya ahora Jesús nos lleva a participar de su propia relación con el Padre; nos hace ser hijos de Dios. Justamente la meta del discipulado, de los que reciben/creen en la Palabra de Jesús, es llegar a ser Hijos de Dios, como lo decía ya el prólogo de Juan: "a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios" (Jn 1,12-13).
Y cuando por gracia de Dios llegamos a experimentar el amor del inmenso Padre, todo cambia en nuestro corazón. Sentiremos que por fin podemos descansar, que hemos encontrado al fin lo que tanto anhelamos, lo que tanto esperamos y buscamos. Nos sentiremos verdaderamente en casa, porque nuestra morada permanente o definitiva, nuestro hogar desde ahora y para toda la eternidad, es el corazón del Padre, a dónde Jesús como camino, verdad y vida nos lleva. Él tenía que hacer primero este camino que, atravesando los muros de la muerte, llevo a su propia humanidad muerta y resucitada al Padre Eterno. Y ahora el camino ya está abierto y es por la fe como lo transitamos. Fe que es abandono y confianza en las palabras y obras de Jesús, quien por misteriosos caminos nos lleva al Padre. Y una vez que nos sentimos hijos amados del Padre, la paz se instala en nuestro corazón más allá de toda angustia y toda perturbación.
Hagamos nuestra la petición de Felipe: “Muéstranos al Padre y eso nos basta”, pero sabiendo que en Jesús, camino, verdad y vida, encontramos al Padre
Gracias Jesús por hacernos parte de tu vínculo con el Padre. Gracias porque soy hijo/a. Quiero entregarte lo que me inquieta, lo que me angustia. Sólo Vos puedes liberarme de eso que me perturba y no me deja ser libre. Te confío también mis resistencias, quiero abandonarme a Tu Amor por completo. Muéstramelo, muéstrame otra vez al Padre, eso me basta.
Amén.
Durante esta semana me comprometo a identificar a alguien que se sienta turbado y angustiado. Le muestro mi cercanía. Si se presenta la ocasión lo invito a rezar juntos un Padre Nuestro